Sarmancanda 1961

Sarmancanda 1961

En el prólogo de una de las ediciones de obras completas del poeta y guerrillero Javier Heraud, asesinado a los 21 años en la selva peruana, su amigo el poeta Javier Sologuren cuenta que Heraud volvió de su viaje a la Unión Soviética en 1961 entusiasmado con Samarcanda. Invitado allí como parte de la juventud socialista, el nombre de la ciudad le traía reminiscencias poéticas. Este era un dato pequeño dentro de todo lo que uno puede encontrar al investigar sobre Heraud, pero al mismo tiempo era una hecho tan minúsculo como específico, concreto: Javier Heraud estuvo allí y fue marcado por ese lugar y ese nombre. Comencé a investigar sobre ella y encontré que es una de las ciudades más antiguas del mundo que existen todavía y que fue en ella donde se popularizó la fabricación de papel, cuando los árabes, quienes dominaban esa región alrededor del 700, obtuvieron la receta de los chinos a quienes vencieron en la batalla de Talas. En medio de las asociaciones de ideas que componen el proceso de hacer un trabajo, todo esto se volvía una serie desordenada de pistas que me iban armando una especie de trayecto imaginario: ‘Samarcanda’ lugar de la producción papel que usaba el escritor Javier Heraud, lugar de la lucha revolucionaria que perseguía el joven Heraud.

Seguí con Samarcanda en mi cabeza hasta que por fin recordé haberla leído en un cuento de Borges, y la encontré allí, en El Inmortal. Entonces imaginé que Heraud tendría que haber leído ese cuento (publicado en el 49) siendo un estudiante en la Universidad Católica y luego en San Marcos cuando, tengo entendido, el maestro Luis Jaime Cisneros venía divulgando su obra en Lima (aunque Borges vendría por primera vez al Perú uno o dos años después de la muerte de Heraud). Pensé: este nombre le interesó a Heraud porque le gustaba su sonido, porque allí se producía el papel, porque era una ciudad del mundo socialista que él tenía como modelo, y también porque había sido uno de esos lugares remotos con los que se sueña al leerlos en un libro y de pronto tiene la fortuna de pisarlos. Me convencí que Heraud había leído el cuento de Borges y que esta frase de El Inmortal que ahora yo leía era la misma que él había leído alguna vez: ‘En un patio de la cárcel de Samarcanda he jugado muchísimo al ajedrez’. Sentí la maravilla de compartir una mirada: veo lo mismo que sus ojos han visto. Y quise trabajar de todos modos con ella. Fue así que asocié la frase con los tipos móviles, pensando en las letras, en la idea de la escritura, y también en el material en que están hechas, plomo, como las balas con las que lo mataron. Las letras de plomo arrumadas sobre esa plancha pequeña de madera se me hacían como la posibilidad de todas las palabras imaginables, es decir todas las jugadas posibles, o también un cuerpo herido o una tumba. Cualquiera de ellas, todas o hasta ninguna.

Sarmancanda 1961 

In the preface to the edition of the complete works of the Peruvian poet and guerrilla Javier Heraud, killed at age 21 in the Peruvian jungle, his close friend, poet Javier Sologuren, writes that Heraud returned from his trip to the Soviet Union in 1961 fascinated with Samarcanda. Invited there as a member of the socialist youth, the name of the city brought him poetic reminiscences. This fact was a really insignificant piece of information you could find while investigating Heraud, but at the same time it was as tiny as a specific data, concrete: Javier Heraud was in Samarcanda and was marked by the place and its name. When I started researching the city, I found it was one of the oldest cities in the world and that papermaking was popularized there, when the Arabs who dominated the region around 700 C.E. obtained the recipe from the Chinese, whom they defeat in the Battle of Talas. Amidst the association of ideas that makes the process of doing a project, all of this became a disordered series of tracks that offered me a kind of imaginary journey: ‘Samarcanda’, the place of paper’s production – the paper used by the writer Javier Heraud – the place of the revolutionary struggle, which was pursuit by the young Heraud.

I kept the word Samarcanda in my head until finally I remembered having read it in a Borges’ short story, ‘The Immortal.’ I figured Heraud would have read that story (published in 1949) while a student at the Catholic University and at San Marcos University, when professor Luis Jaime Cisneros was already disseminating Borges’s work in Lima (even though Borges’s first visit to Peru was made one or two years after the death of Heraud). I thought the name ‘Samarcanda’ was interesting to Heraud because he liked its sound, because of the paper produced there, because it was a city of the socialist world that he had as a model, and also because it was one of those remote places you dream of with when you read about them in a book and suddenly you have the fortune to step into them. I convinced myself that Heraud had read Borges’s story and that the sentence of ‘The Immortal’ that I was reading was the same that he had once read: ‘In a prison courtyard in Samarkand I played a lot of chess.’ I felt the wonder of sharing a gaze: I saw the same thing that his eyes had seen. I associated the phrase with the movable type, thinking of the letters, of the idea of writing, and also of the material they are made of, lead, same as the bullets that killed him. The lead type gathered on a small wooden plate made me think of the possibility of all the imaginable words, or all possible plays, or even a wounded body or a grave: any, all, or maybe none of them.